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Dr. Sergio González Miranda,, Premio Nacional de Historia 2014
Diario La Estrella de Iquique, edición 12 de febrero.

No existe nada más maravilloso que ese artefacto literario creado por Jorge Luis Borges llamado el Aleph, porque a partir de él podemos ver el universo desde todos los ángulos. Colchane o quizás deberíamos decir Isluga-Cariquima, para ser culturalmente más exactos, es un Aleph. Estando en el pueblo-marka de Santo Tomás de Isluga, podemos percibir cuando su mundo era Tiwanaku. Después, desde el Cuzco, los chasquis circulaban las noticias en un espacio integrado, el Tiawantinsuyo. Entre bofedales y serranías quedan vestigios de los caminos reales a Potosí durante la Colonia. Las piedras de las apachetas nos hablan de miles de años de tránsito de llameros, caravaneros, arrieros y pastores.

Un Aleph que nos muestra imágenes no tan lejanas: corría el año 1958 y caravanas de orureños y de tarapaqueños cruzaron salares, ríos y cerros cuyas cumbres se empinan por los 5.000 metros, para darse un abrazo de integración y prometerse compartir sus economías y esperanzas. Siempre y cuando los políticos de La Paz y Santiago no hicieran oídos sordos.

Después de 1962, lo que vemos en este maravilloso Aleph es solo tristeza: tráfico de drogas, contrabando de mercancías, pobreza extrema, sequía y abandono de la población nativa de sus estancias, incidentes diplomáticos por transgresiones fronterizas, etc. Y, ahora, coyotes traficando personas. Migrantes que han dejado atrás sus hogares en una Venezuela desgarrada. La misma Venezuela que hace un par de décadas era próspera y solidaria.

Colchane ha estado en los titulares de medios de comunicación del mundo, porque enfrenta una tragedia humanitaria: ya no son cientos, sino miles los migrantes que, desarraigados por la desesperanza, han cruzado la frontera desde Bolivia: les espera el frío, la altura, incluso la muerte, y una comunidad aymara desbordada. (Des)calificados como ilegales, solo les queda la expulsión. Es la tragedia de nuestra América. En Europa, Ángela Merkel, la líder alemana, enfrentó la tragedia migratoria por los refugiados sirios. En Sudamérica la diplomacia no actúa en bloque como en la Unión Europea, ni existe una Ángela Merkel.

Este triste Aleph, engastado en el altiplano y la cordillera, también nos proyecta al futuro, porque la globalización visibiliza hasta los rincones más ocultos, devela lo marginalizado, hace porosa las fronteras, presiona a las diplomacias al diálogo, aunque se hagan oídos sordos.

“Después de 1962, lo que vemos en este maravilloso Aleph es solo tristeza”.

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