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Foto de geoglifo de representación del Inti Sol. Imagen cedida por el Dr. Alberto Díaz Araya.

Consultamos al especialista en temas indígenas, profesor Carlos Choque Mariño, Doctor en Antropología con mención en Estudios Andinos, académico del Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas e integrante de los claustros de los programas de doctorado en Historia y Educación de la Universidad de Tarapacá, sobre las particularidades y profundidades que posee la conmemoración del Año Nuevo Aymara y el día de los pueblos indígenas. Esta fue su apreciación:

Las civilizaciones andinas que antecedieron a los incas, tales como Huari, Tiahuanaco, Nazca y Mochica, estudiaron con prolijidad el tiempo, espacio y movimiento de los cuerpos celestes, planetas y constelaciones oscuras del rio celestial (Vía Láctea). Por tanto, los incas heredaron un calendario complejo que consistió en un mecanismo que entrelazaba el año solar de 365 días y el año lunar sideral de 328 días. Asimismo, los incas lo vincularon al sistema de 41 ceques que partían desde el sagrado templo del Coricancha en el Cusco y se dirigían a las distintas regiones del imperio o Tahuantinsuyu. En consecuencia, existió una alto grado de especialización en la observación astronómica desde pirámides, templos y santuarios de altura en todo los confines del imperio, incluyendo en ellas, a los diversos señoríos indígenas que habitaron la antigua provincia inca del Colesuyo, de la cual fue parte la región de Arica y Parinacota.

En el año de 1615 el cronista indígena Guamán Poma de Ayala informó que hubieron dos fiestas dedicadas al Sol, el Inti Raymi (junio) y el Cápac Inti Raymi (Diciembre). El primero, se realizaba el 21 de junio (fiesta solemne del Sol); y el segundo, el 21 de diciembre (destinada al supremo dios Viracocha, Pachacámac o Pachayacháchic). Así el Inti Raymi y Machaq Mara o Mara T’aqa, no solo buscaron determinar un período cronológico de tiempo, sino además poseyeron una connotación religiosa profunda ligada al enfrenamiento y alternancia entre la luz y la oscuridad. Es la búsqueda del equilibrio y la armonía entre las fuerzas antinómicas (naturaleza, sociedad humana y sociedad extra humana) existentes en el cosmos del mundo andino. Los días previos a la celebración el Inca y la gente común debían: a) peregrinar a las montañas sagradas; b) practicar la meditación; y c) guardar un celoso ayuno de alimentos, abstinencia de alcohol y sexo, pues se debía purificar el espíritu y alma para recibir los sagrados rayos del sol y alcanzar la armonía cósmica el 21 de junio. Dichas festividades se realizaban en el Cusco y todas provincias del imperio, realizándose la entrega de ofrendas rituales, sacrificios, libaciones y banquetes sagrados, que solo se realizaban después de los sagrados actos religiosos, bajo pena de severos castigos si alguien llegaba a incumplir tales protocolos.

Durante la conquista española la festividad fue tolerada en sus primeros años, para luego ser declarada como un acto pagano en 1543, y prohibida completamente en 1572 por el Virrey Francisco de Toledo pues tuvo una fuerte connotación política ya que fue símbolo de la resistencia indígena contra la dominación hispana, y por ello, el culto imperial fue prohibido tácitamente, pero siguió subsistiendo en los pueblos y comunidades del mundo andino, convirtiéndose en culto clandestino y símbolo de la rebeldía.

La celebración pública del Machaq Mara e Inti Raymi, solo ocurrió tardíamente en 1944 en el Perú y 1980 en Bolivia, ejecutándose como una expresión dirigida al fomento al turismo y folklore, dándole un sentido distinto al que originalmente motivó la conmemoración, esto es la consagración al Inca por parte de las poblaciones andinas que habitaron los Andes en las primeras décadas del siglo XVI. Por ello, la festividad del 21 de junio en el norte de Chile tiene enorme desafíos pues debe tener un sentido práctico de armonía, espiritual y debe contribuir al buen vivir de la población de nuestra población urbana y rural. Asimismo, esta fecha debe ser consignada como un día de reflexión sobre el pasado, presente y futuro de los pueblos indígenas de Arica y Parinacota y Tarapacá, pues Aymaras, Quechuas, Changos y Coles, constituyen parte esencial de la identidad cultural y forma de vida de nuestras regiones desde tiempos inmemoriales.

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