El guardia de seguridad que llegó para quedarse

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Manuel Sandoval
La sonrisa y el semblante de Manuel Sandoval, denotan el sur profundo de donde originó su humanidad. Nació en la ciudad de Río Bueno, pero su familia es oriunda de Mulchén, Octava Región, donde aún se encuentra la mayoría de sus raíces.

Hace 23 años llegó a Arica de vacaciones, invitado por un amigo que se había radicado antes en la ciudad de la eterna primavera y, como les sucede a muchos, se quedó. Su felicidad es evidente. Le gusta el clima, el estilo de vida, el calor y el colorido de la ciudad, “no me movería de Arica, mis hijos nacieron acá”.

El campus Velásquez de la Universidad de Tarapacá, donde trabaja Manuel hace 22 años, es el lugar donde es fácilmente ubicable. Entró como jardinero y ahí se mantuvo durante 10 años. Cultivaba los jardines, los que gracias a su mano mostraron una variedad de plantas, aromos, ficus y flores. Y como no falta la anécdota, cuenta que cuando plantaba flores bonitas desaparecían algunas, porque -claro está- había personas que se las llevaban, pero él estima que eso ocurre normalmente cuando hay plantas llamativas, “el jardinero sabe que es así”.

Ahora su rol cambió, aunque no está lejos de los jardines del campus Velásquez, su trabajo es otro hace 12 años, desde que asumió la tarea de guardia de seguridad, lo que le gusta mucho, aunque cuando le corresponden turnos de domingo hace sus muecas, pero cada vez menos. Lo que está claro es que a veces su turno será de mañana, otras de tarde y otras de noche, todas las semanas va cambiando el sistema, lo más complejo podría suponerse que es la noche, “para mantenerse me tomo un cafecito, doy vueltas por el campus y de repente una corta conversa con los demás colegas”.

Manuel Sandoval, uno de los nueve guardias del campus, se ubica específicamente en el sector de portería del Aula Magna, donde se encuentra la central, lugar desde el que efectúa la comunicación por radio y teléfono. Aquí está a cargo de las llaves de las oficinas, tiene que abrir las puertas a los  académicos cuando olvidan sus llaves o a los auxiliares cuando hacen aseo. “Una vez estuvimos en aprietos cuando quedó con llave la oficina de don Emilio, el rector, no podían encontrarla y tuvimos que hacer peripecias para abrirla y que nadie se diera cuenta”.

Otro tema que aflora en su conversación es relativo al contingente de canes en el campus. “Hay tres actualmente, antes había de siete a ocho y han sido un problema porque han mordido a funcionarios, pero vienen de afuera, los alumnos los atienden y llevan al veterinario, ahí no se puede hacer nada…”

Don Manuel, con su acostumbrada cordialidad, humaniza los espacios universitarios, es amable con todos, alumnos, funcionarios y directivos. Nunca le ha negado una sonrisa a nadie…


 

     

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